Golpe de realidad
Claves ComPol Parte XXIX
Por @OrlandoGoncal
Muchos candidatos hoy creen que se puede gobernar un país desde un tablero de control y que un algoritmo de segmentación sustituye el olor a café en la cocina del vecino. Se engañan.
Mientras los “gurús” digitales hacen elucubraciones mentales con métricas de engagement y visualizaciones virales, las elecciones se siguen decidiendo en el barro, en la suela desgastada y en el sudor de quien sube un cerro y baja a una quebrada para pedir un voto.
Un “like” es un impulso eléctrico de un segundo; un voto es un contrato social que solo se firma estrechando una mano física, no una virtual.
Por tanto, la campaña de tierra sigue siendo el sistema nervioso de cualquier aspiración política seria. Es el trabajo más pesado, sí, pero es el único capaz de transformar un “like” volátil en un voto depositado en la urna.
La tecnología nos dice dónde está el votante, pero solo el contacto directo nos explica por qué está ahí y qué le duele realmente.
Ahora bien, para que el esfuerzo físico no se convierta en simple activismo desordenado, la campaña de tierra requiere una estructura quirúrgica. Aquí detallamos los ocho pilares fundamentales:
Antes de tocar la primera puerta, se debe construir la base del conocimiento, siendo vital la cartografía electoral detallada donde se puedan identificar manzana por manzana de los centros de votación.
Por otro lado, el análisis histórico de participación, es saber dónde hemos ganado y dónde se ha perdido históricamente, y la segmentación sociodemográfica, ayuda a entender quién vive en el territorio (edades, profesiones, necesidades básicas).
De manera que el territorio no se recorre, sino que se conquista bajo un orden lógico, o sea hay que planificar.
Para ello se requiere elaborar un cronograma de rutas que plasme un calendario estricto de visitas para evitar solapamientos, así como la asignación de cuadrantes, con responsables específicos para zonas geográficas delimitadas.
No menos importante es la definición de perímetros de impacto, identificando zonas críticas donde se localizan votos blandos o indecisos.
Así mismo, es de lo más importante recordar (y que algunas campañas descuidan) que un voluntario sin preparación es un riesgo para el mensaje del candidato; de allí la necesidad en la preparación del manejo de objeciones, con guiones claros para responder a críticas sin entrar en confrontación, preparando a cada voluntario para que su lenguaje corporal genere confianza inmediata, y por supuesto capacitarlo en el uso de aplicaciones de recolección de datos en tiempo real.
Porque en política, lo que no se mide, no existe, por lo que es esencial tener claridad en las metas a alcanzar, como por ejemplo el número mínimo de viviendas o personas a impactar diariamente, determinar cuántos “indecisos” deben ser movidos hacia la intención de voto y, -primordialmente- identificar a los líderes naturales, quienes se podrán transformar en multiplicadores de la campaña.
Ahora bien, la campaña de tierra, si no se supervisa, es propensa a los “números alegres”, razón por la cual hay que auditar constantemente el trabajo realizado en campo.
Igualmente, ninguna campaña territorial tendrá éxito si no tiene una logística que le de soporte vital para mantener la maquinaria en movimiento, por ello es fundamental –entre varios otros elementos- la gestión de folletería, distintivos, agua y protección solar para el equipo, el transporte eficiente para el despliegue y repliegue de las brigadas, y protocolos de actuación y acompañamiento en zonas de alta complejidad.
A todo lo anterior hay que agregar un detalle no menor cual es que en el territorio el mensaje se vuelve humano, por lo que hay que adaptar la propuesta general a los problemas específicos de esa calle o barrio, ayudando con ello a generar empatía y una escucha activa que prioriza el escuchar al ciudadano antes de recitar el discurso preparado para ese lugar.
Todo lo anterior debe ser ejecutado estratégicamente, es decir, el cerebro decide dónde poner el esfuerzo máximo, por lo que hay que enfocar recursos donde el margen de victoria es estrecho, donde haya volatilidad electoral, lo que se complementa con un plan de movilización para el día de la elección basado en los datos de tierra.
Hay un vínculo indisoluble entre la tierra y el aire. La campaña de tierra no es un ente aislado, sino que solo es el complemento para el éxito de toda la estrategia, esto es que, mientras que la campaña de “aire” (redes sociales y medios, etcétera) va generando notoriedad y posicionamiento, la campaña de tierra va consolidando legitimidad y compromiso.
Por ello, lo que el votante ve en un video de YouTube se siente “real” cuando un brigadista toca su puerta y le habla sobre los mismos temas.
Adicionalmente, la tierra alimenta al algoritmo. Es decir, los datos recolectados en las visitas permiten que la publicidad digital sea mucho más precisa y efectiva, teniendo en cuenta que la tecnología a menudo nos encierra en burbujas. El contacto directo es la única forma de llegar al ciudadano que no está en Twitter o que ignora los anuncios pagados.
En conclusión, la campaña de tierra es el trabajo más arduo, pero es el que le da rostro humano a la política. Sin ella, una campaña es solo un conjunto de datos fríos; con ella, es un movimiento social vivo con capacidad real de victoria.





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